El cielo es gris, casi el mismo gris que las calles mojadas por la lluvia. Digo casi porque ambos son gris, pero de un gris que difiere notoriamente, por ejemplo, que el color de los ojos de ella, que se fue. Y lo digo con toda propiedad: así como los esquimales pueden diferenciar entre quién sabe cuántos tonalidades del blanco, los aspirantes a poetas lúgubres podemos distinguir innumerables matices del gris. Es un don innato.
Prendo la radio, que silba un tango viejo y oxidado. En realidad al encender el aparato se escucharon dos compases de una cumbia villera, pero rápidamente moví el interruptor AM/FM y pude solucionar lo que habría sido un estrago al ambiente depresivo que intento transmitir.
La puta madre. Por la ventana se cuela un rayo de sol. Pareciera que este clima de mierda no entiende el concepto de paralelismo psicocósmico. Cierro la persiana, pero el rayo se escapa hacia adentro a través de la otra ventana. También la cubro, cuando me doy cuenta de que deja de llover y que afuera salió totalmente el sol. Hasta sospecho de que debe haber aparecido -y con mucho asco lo digo- un arcoiris. Tomo cartas en el asunto, y con la cubeta de pintura negra que tengo oportunamente guardada, pincelo los vidrios del color de mi alma (en realidad no lo hago con la cubeta, lo que sería muy difícil, sino con su contenido).
Ya en la oscuridad de mi dying (así es como llamo a mi living, ya que todos estamos muriendo a cada segundo), siento la tonalidad del feliz cumpleaños desde algún rincón de la casa. Tengo que cambiar ese timbre, pero resulta que en la feria no tenían con música de Darnauchans. Abro, y sin pedir permiso, un payaso entra a mi casa. Pero no es un payaso de esos macabramente maquillados, sino un payaso feliz, colorido y luminoso, de los que llevan la alegría a cada uno de las baldosas que pisan. O sea, me vino a cagar el día.
-Señor payaso, le pido que se retire. No ve que estoy en una introspección suicida acá.
-Ningún Señor Payaso. Yo me llamo Alegriítas, ¡y me contrataron para animar esta fiestita!- dijo, tirando serpentinas sobre mi cabeza. Inmediatamente, haciendo caso omiso de mis protestas, me llena el living... digo, dying de globos y guirnaldas, acompañado por el sonido de la armónica que entona canciones en do mayor.
-Lo voy a denunciar, tiene que haber algún inciso de la Constitución que proteja el derecho a estar bajoneado.
-No sé, pero a mi me pagaron por adelantado y soy una persona honesta, así que vamos. ¡A romper la piñata!
-Señor, la piñata ya está rota. Y con piñata quiero decir, obviamente, mi espíritu.
-¿Qué le dice un gallego a otro?
-No entiende. Yo lloro por la ausencia de un par de ojos grises y usted me tira serpentinas verde flúor.
-Primera escena, un ornitorrinco manejando un barco. Segunda escena...
-¡Váyase! ¡Déjeme en paz!
-Bueeeeeeno. No hay motivo para hablar mal, señor- dijo el payaso, poniéndose serio. Me voy a retirar pero con una condición: que me dedique al menos una sonrisa falsa, así le puedo sacar una foto y queda la constancia de que lo hice feliz para la agencia de payasos.
-¿Que sonria para la foto? ¿Tiene que llevar una constancia? Ja... una constancia para una agencia de payasos, ja. Qué paradójico, ¿no? Porque los payasos se supone que... ja.. jajajaja. ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
-Váyase a cagar- dijo el payaso, sacándose la peluca, antes de darme la espalda y marcharse para no oir mis carcajadas.